El cante se impone en el Corral

Los Veranos del Corral 2015, Corral del Carbón, Granada

El calor no perdona y la breve brisa, que nos sonreía de vez en vez la semana pasada, se ha dormido definitivamente durante estos cuatro días. De cualquier forma, la Muestra de flamenco en el Corral del Carbón de Granada continúa con entusiasmo, pero con altibajos de asistencia que nunca llenaron el recinto como en años pasados. ¿Será por la programación que no proclama nombres de primera fila? ¿Será por una menor afluencia de visitantes a la ciudad? ¿Será por la profusión de ofertas este verano? ¿O será por simple apatía?

Tres días de baile y uno de cante nos esperaba, pero se trocaron en un día de baile y tres de cante, si no cuatro, no sólo por la calidad de los cantaores de ‘atrás’, sino sobre todo por la falta de discurso de los bailaores de las últimas jornadas.

Entiendo que el flamenco debe ser plural, que su lenguaje tiene mil giros hallados y otros mil por descubrir, pero cuando no se buscan estos extremos es que algo está fallando. Cuando un bailaor se adocena en un puñado de pasos aprendidos es que algo está fallando. Cuando una coreografía es una suma de pasos a compás es que algo está fallando.

Todos los años, tanto cantaores como guitarristas de los diferentes cuadros suelen repetir. Viene siendo normal que, durante varios días, atendamos a las mismas cuerdas y escuchemos las mismas voces. Esta duplicidad incide en la versatilidad de estos músicos y nos ayuda a apreciarlos de forma extensa. Su buen hacer, por lo general manifiesto, unido a la buena megafonía de que goza el Corral, añaden un valor individual a cada actuación e incluso por momentos, como digo, salvan la escena.

Lunes 3 de agosto: Mercedes de Córdoba, clásica y redonda

Ganadora recientemente del XX Concurso Nacional de Arte de Córdoba, Mercedes Ruiz, es una bailaora de largo recorrido, ya colaboró con seis años en la película Montoyas y Tarantos y con siete formó parte de la compañía de Manuel Morao. Igualmente ha engrosado las filas de Javier Latorre o Eva Yerbabuena.

Con una gran formación en clásico y flamenco, su total entrega es tradicional y enraizada. Su taconeo es esplendoroso y sus manos palomas al vuelo. Su esbeltez es digna de mención y su conocimiento y afición se vislumbra cuando deja espacio a sus compañeros, cuando se detiene a escuchar el cante.

Un cuadro de lujo la arropa: Pepe de Pura y Enrique el Extremeño, bien templados, al cante; Juan Campillo, excelente a la guitarra; y Raúl Botella, respetuoso a la percusión. Éste último se hará un solo de tinaja a los postres digno de aplauso.

La cordobesa se presenta con castañuelas, bailando por soleares. Unas sentidas tonás y cantes de labor por parte de quienes la secundan, la reciben de nuevo por levante y, colocándose el mandil, acaba por tangos.

Un genérico tema de guitarra, que abarca desde la bulería hasta el abandolao, da paso a que Mercedes de Córdoba arrime toda la carne por alegrías, que aborda con cola verde y mantón oro de generoso fleco; para terminar con soleá y bulerías, entroncando así con el fin de fiesta.

Martes 4 de agosto: Un memorable recital de cante

El martes, 4 de agosto, los aficionados estuvimos de enhorabuena, participando de una noche memorable.

Pedro ‘el Granaíno’ aún no escribe su nombre con mayúscula en grandes carteles, pero ofrece sin complejos una velada de lujo, como las de antes, donde se canta por derecho y el ‘quejío’ llama al duende.

Manolo Caracol decía que hay que cantar a media voz que es como duele. Pedro dice los cantes de forma exquisita, sin necesidad de grito ni efectismo. Su afinación, su compás y su gusto clásico lo situarán, más temprano que tarde, en primera fila.

Fue ‘acamaronao’ en sus comienzos. Marchamo que aún lo tilda y que deja ver, por ejemplo, cuando canta por levante o en la bulería final. No lo oculta no obstante, al igual que agradece la influencia de Tomás Pavón, el mejor cantaor de ‘cuartito’ que ha existido, o el guiño a Enrique Morente en sus tangos, que van desde “Mi pena”, con letra de Manuel Machado, hasta “Aunque es de noche”, de San Juan de la Cruz.

Su clasicismo lo hace acompañarse tan sólo de una guitarra. Eso sí, de la guitarra creativa y sincera de Juan Requena. Y, en los temas festeros, por la percusión exacta de Miguel ‘el Cheyenne’. Tácitamente dedica el recital a su compañero Canela de San Roque, fallecido unos días atrás.

Comienza con una granaína de Chacón y un abandolao final. Sigue rompiéndose por soleares y, después de los aludidos cantes de minas, por seguiriyas. Tras el punto final de las bulerías, abandona el micrófono y demuestra su largura por naturales. Su ánimo le lleva todavía a brindarnos una toná y un pregón para subir nota.

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Miércoles 5 de agosto: La planitud de Jairo

Perteneciente a una saga de flamencos sevillanos, a la que pertenece Diego del Gastor, Jairo Barrull es un bailaor de arrebato. No hay que buscarlo para emprender una carrera de fondo, aunque para los metros lisos hace buen papel. El compás es su gran apuesta y el arma la lleva en los pies. Tanto que, de cintura para arriba, se olvida o simplifica la pose multiplicándola sin intención.

Después de una generosa entrada de guitarra (Román Vicenti), unas tonás y seguiriyas reciben al sevillano. Su presentación es limitada y su falta de argumento se acentúa en las alegrías y en la soleá final, donde repite los esquemas ya propuestos. No fue un buen día.

Disfrutamos sin embargo con el cuadro de atrás de Manuel Tañe, David ‘el Galli’, Juan José Amador hijo y Rubio de Pruna. Nada menos que cuatro cantaores de prestigio, que colmaron el aire de pellizco, sobre todo con la soleá por bulerías que hicieron en un descanso del baile al poco de empezar.

Jueves 6 de agosto: La sesión continua de Antonio Molina

No es disparatado comparar el último día de la segunda semana de Los Veranos del Corral con la noche anterior, pues el bailaor fue pieza anecdótica en este puzzle de flamenco joven. No digo que el paralelismo sea exacto, pero sí que patrones elementales coinciden con Barrull, como su clasicismo general, la pericia en los pies, el baile meramente masculino, el arrebato intermitente, la falta de recursos o el plagio permanente de sí mismo, quizá consecuencia del anterior.

Antonio Molina ‘el Choro’, onubense afincado en Sevilla, goza sin embargo de una verticalidad reconocida y de una inclinación a la redondez que lo hace interesante.

Lo arropan músicos que ya vimos en días anteriores: Juan José Amador hijo, Pepe de Pura y Jesús Corbacho al cante; y Juan Campallo a la guitarra. Cuatro flamencos que remontaron la noche con sus incursiones.

El Choro, conocido en estas tablas en pasadas ediciones, se presenta por levante y tangos, donde demuestra también un acertado dominio del espacio. En segundo lugar se introducen unas tonás, por parte del cuadro de ‘atrás’, y unas seguiriyas, en las que se incorpora Antonio. Aplaudo, en esta pieza, el obsequio de un final y un comienzo con la guitarra sorda, sólo compás.

Antes de recibir finalmente al protagonista por alegrías, unos abandolaos tasarán a cada uno de los músicos. El imprescindible fin de fiestas, donde una vez más se lució Pepe de Pura, como es habitual, se rubricó por bulerías.

Por Jorge Fernández Bustos
Fotos: Joss Rodríguez

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