Fallece El Cabrero, cantaor flamenco del pueblo trabajador
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José Domínguez "El Cabrero", cantaor de Aznalcóllar, fallece a los 81 años tras una trayectoria en la que el cante, la libertad, el campo y la conciencia social formaron una misma identidad artística.
José Domínguez "El Cabrero" ha fallecido a los 81 años. La noticia fue comunicada el miércoles 13 de mayo por su hijo, El Crespo Zapata, y la capilla ardiente quedó instalada en el Teatro Municipal de Aznalcóllar, su localidad natal. Se marcha una de las voces más reconocibles, libres y difíciles de encasillar del flamenco de las últimas décadas: un cantaor que convirtió su biografía, su oficio de cabrero y su manera de entender la vida en una misma declaración artística.
Nacido en Aznalcóllar en 1944, El Cabrero pertenecía a esa clase de artistas en los que la imagen es una consecuencia natural de su propia vida. Antes que figura del cante flamenco fue hombre de campo. Cuando su nombre empezó a llenar festivales, escenarios y grabaciones, nunca abandonó del todo esa raíz. Su sombrero, su pañuelo, su austeridad escénica y su forma de plantarse ante el micrófono son la prolongación visible de una verdad personal.
En su memoria del cante también estaba la memoria de la casa. “Mariana, con su trololo”, decía al introducir el cante por mariana. Trololo era, según recordaba, lo único que cantaba su padre andaluz, mientras su madre manchega era más de caracoleras zambras. Desde niño, José ya andaba por los campos de Aznalcóllar.
Su trayectoria artística tomó impulso a comienzos de los años setenta con La Cuadra de Sevilla, la compañía dirigida por Salvador Távora. Desde ahí, su figura adquirió una presencia cada vez más singular dentro del flamenco de la Transición.
A finales de los setenta, cuando Pulpón comenzó a incorporarlo a los festivales de verano, algunas directivas de peñas organizadoras intentaban que El Cabrero no cantase fandangos. Pero el fandango terminaba siendo el postre inevitable. De aquella tensión nació A Mí Me Llaman Cabrero, un disco con una soleá panadera, unas seguiriyas y diez fandangos. Abrían el disco los fandangos de Calañas, que, con el ay o sin el ay, situando en el mapa sentimental del flamenco la interesante localidad del Andévalo onubense.
Mientras tanto, en paralelo, llegaron las discrepancias por las lindes del Cordel de Niebla. Aquel conflicto por las vías pecuarias terminó siendo una muestra más de la vieja tensión entre el poder local, la propiedad de la tierra y quienes defienden el uso común de los caminos. Para El Cabrero, impedir el cierre de una vía pecuaria era también reclamar para el pueblo lo que pertenecía al pueblo. En el Aznalcóllar de aquella época, entre silencios prudentes, intereses cruzados y miedo a señalarse, resultó más fácil caricaturizar al que incomodaba que escuchar lo que estaba denunciando por el bien común. El Cabrero terminó marchándose a Dos Hermanas. Con el tiempo, Aznalcóllar entendió.
El Cabrero fue especialmente conocido por sus fandangos, pero su repertorio se extendió también por soleá, seguiriyas, malagueñas y otros territorios del cante. No fue únicamente un cantaor de mensaje, aunque el mensaje estuviera siempre presente. Fue, ante todo, un cantaor con personalidad reconocible desde el primer tercio, un concepto de cantar situando cada letra en la intersección entre el aire del campo y el derecho a la dignidad.
Durante décadas fue uno de los nombres más reclamados en los festivales flamencos, en toda España, pero también encontró proyección internacional, con importante presencia en circuitos internacionales de world music. Entre los hitos de esa dimensión internacional queda su directo en París en 1994, junto a Paco del Gastor.
Pero reducir a El Cabrero a una trayectoria artística sería dejar fuera buena parte de su sentido. La actitud iba con el cante: no había un alter ego fabricado para el escenario. Lo que el público tenía delante no era un personaje construido para el espectáculo. Era, literalmente, un cabrero que canta. En El Cabrero, lo rural es una forma de conciencia. Sus letras reivindicativas, su defensa del mundo rural, su mirada hacia los trabajadores y los desfavorecidos, y su cercanía a causas sociales lo convirtieron en una figura incómoda para cualquier intento de convertir el flamenco en una postal turística. Era un artista independiente antes de que la etiqueta de "artista independiente" se convirtiera en recurso promocional.
Grabó una veintena de discos, consiguió reconocimientos relevantes, pero su mayor premio fue el que suele ser más difícil: décadas con un numeroso público propio, sin necesitar adaptar o suavizar su identidad artística. También exploró caminos menos previsibles, como su acercamiento a los tangos argentinos, y dejó una huella que atravesó generaciones, estilos y públicos. Cantó al pueblo desde una vida que conocía el campo, el trabajo, la intemperie y la dignidad de quien no acepta que le pongan rienda ni jierro encima.
Siempre seguirá vivo en la memoria un cantaor que, incluso bajo las luces del escenario, cantaba con la vista puesta en el abierto horizonte de la sierra.
Foto: David Palacín
