Homenaje al pueblo gitano en el Palacio de La Moncloa

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Homenaje al pueblo gitano en el Palacio de La Moncloa

Pedro Sánchez presidió en el Palacio de La Moncloa el evento Gelem Gelem, homenaje al pueblo gitano conmemorando sus seis siglos en la península ibérica, la mañana del sábado 21 de febrero.

Por Miguel Ángel Arroyo

“Mucho camino recorrido. Mucho camino por recorrer”. La frase, pronunciada por la poeta Noelia Cortés, no fue un adorno retórico: fue la clave ética del homenaje celebrado en el Complejo de la Moncloa bajo el título Gelem, Gelem. Seiscientos años de presencia gitana en España resumidos en una línea que mira al pasado con memoria y al futuro con responsabilidad.

La apertura marcó el tono exacto. Gelem, gelem sonó en la voz de Lela Soto, sostenida por la guitarra limpia y profunda de Diego del Morao. No fue una pieza ceremonial: fue historia hecha cante. El himno del pueblo romaní, nacido de la memoria de la persecución, resonando en la sede del Ejecutivo, adquirió un significado que superaba el protocolo.

El presidente Pedro Sánchez mantuvo un tono sobrio, sensato, parco y cabal. Reconoció la aportación cultural y social del pueblo gitano sin excesos ni grandilocuencias. Se distinguió a figuras de trayectoria incontestable: la maestría de Pepe Habichuela, el compromiso de Juan de Dios Ramírez Heredia y la dimensión artística y popular de Lolita Flores, entre otros. Reconocer el mérito de quienes lo han ganado no es gesto simbólico: es integración real, es justicia pública.

Uno de los momentos más conmovedores llegó precisamente a través de Lolita. En su grabación, explicó que su hija - encargada de recoger el premio - era gitana “en cuarta parte”. Y ella, rompiendo cualquier cálculo de porcentaje, afirmó con rotundidad: “soy gitana”. El aplauso fue inmediato y unánime. No celebraba una etiqueta identitaria, sino el orgullo legítimo de pertenencia.

Pero el eje del encuentro fue el flamenco. El arte sostuvo el acto de principio a fin. La interpretación de la galera por María Terremoto y Anabel Valencia fue un momento de emoción difícil de fingir. No hubo estridencia, sino hondura; no exhibición, sino verdad. El quejío suspendido en el aire erizó la piel de muchos asistentes. Fue uno de esos instantes en los que el flamenco deja de ser patrimonio para convertirse en experiencia íntima y colectiva a la vez.

También destacó la intervención de Israel Fernández, que rindió homenaje a Camarón de la Isla con respeto y personalidad propia. Recordar a Camarón es recordar hasta qué punto la cultura gitana ha sido decisiva en la renovación y universalización del flamenco contemporáneo. No se trató de nostalgia, sino de continuidad.

El cierre por bulerías terminó de romper cualquier frontera entre lo institucional y lo popular. Palmas bien dadas, compás firme, vivas espontáneos al pueblo gitano. Durante un buen rato se respiró empatía auténtica. No era una escenificación; era un reconocimiento sentido.

Seiscientos años implican persecución, resistencia y aportación esencial a la identidad española. Queda camino por recorrer en igualdad efectiva, en oportunidades y en superación de prejuicios. Pero el acto dejó algo valioso: la afirmación pública de que la cultura gitana no es periferia folclórica, sino columna central de nuestra historia común.

Mucho camino recorrido. Mucho camino por recorrer. Si el respeto mostrado se traduce en compromiso sostenido, el eco de aquel cante - del Gelem, gelem inicial a la última bulería - seguirá sonando más allá de la ceremonia. Y cuando el flamenco suena con esa verdad, el futuro no es promesa vacía, sino tarea compartida.

Imágenes: Pool Moncloa/Borja Puig

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