El cante flamenco necesario de Miguel El Rubio

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Hay dos tipos de buenos cantaores. Por una parte están aquellos que cantan bien por imitación, esa cosa tan buscada en los concursos, la batalla de los clones. Por otra parte existen aquellos que inventan su propio camino, sin parecerse a nadie, consiguiendo ser una referencia original a seguir. Miguel El Rubio es uno de ellos.

Diez y media de la noche del sábado 5 de abril en la Sala García Lorca de la Fundación Casa Patas en Madrid. El cante por cantiñas recuerda orígenes, Miguel El Rubio puede ser identificable con El Rastro madrileño, pero sus conceptos son linenses. Acompañando con la sonanta, Carlos de Jacoba, motrileño de toque fundamental. Es decir, de esos tocaores que no buscan su aplauso entre falsetas pretenciosas. Carlos es más de esos que ayudan al cante, evolucionando hacia un punto inteligente y curioso, en él se mezclan con acierto las aportaciones previas más interesantes del toque de acompañamiento de tres magistrales mundos diferentes entre sí: Juan Habichuela, Tomatito y Paquete. A esas claras influencias, él le añade su propio asunto, y dentro de unos años será muy evidente lo que sucede en él… Ya está sucediendo.

Después de las cantiñas, el cante de levante. Por taranto y levantica con carácter y estilo propio. Quizás no se ajusta a los cánones, con lo insistentes que suelen ser muchos cantaores en los cantes de levante para intentar imitar melodías lo más fieles posibles a moldes establecidos. Pero quienes inventaron esos cantes fueron los primeros en no ajustarse a ningún canon. El Rubio se inventa su propio estilo con arte para el levante, se lo lleva a su albero con acierto.

Está bien tener cosas en conserva, porque siempre hay que tener claros los orígenes de las cosas, pero el flamenco tampoco puede fundamentarse en concursos de imitadores, como si esto fuera Operación Triunfo. Los cantaores creadores son necesarios. Miguel El Rubio es necesario, fue evidente también por soleá.

En esta noche también apareció su monumental seguiriya, epítome de la esencia de Miguel El Rubio, ese cante donde canta muy gitano sin parecerse a nadie. Ahí, exactamente la misma habitación y junto a la misma pared en la que Don Arturo Pavón tocaba su piano por seguiriya. Es para decirlo otra vez: El Rubio cantando muy gitano, y sin parecerse a nadie. Como también sucede en sus fandangos, entre sorprendentes remates y giros de sus mundos únicos, asimismo por bulerías, bien jaleado al compás de su hijo Antonio Ingueta y David de Jacoba a las palmas.

Decía Miguel El Rubio a los seres humanos presentes que no estaba bien de la voz, un reciente nódulo en la garganta… En realidad estaba cantando mucho mejor de lo que él mismo creía que sucedía. Y aunque la cosa hubiera estado regular, no sería problema, también hubiera estado presente a lo grande lo principal de su terreno: esencia, estilo propio y sabiduría.

Por Jaci González
Fotos: Pacolega

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