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Caía la
noche sobre la ciudad de Madrid cuando
sobre una inmensa pantalla situada
sobre un escenario se estrenaba un
vídeo realizado por Fernando
Trueba en el cual Estrella Morente,
hija del maestro, interpretaba con
su característica esencia flamenca
una zambra. Minutos antes de eso,
Juan Luis Cano y Guillermo Fesser
habían realizado una humorística
introducción a lo que sería
la noche. En definitiva, buenos prolegómenos
para lo que estaba a punto de suceder
en el Aula Magna del madrileño
Colegio de Médicos...
Morente&Riqueni,
así se titula el nuevo invento
que se le ha ocurrido al genio granadino
en compañía del actual
rey de la sonanta trianera. Ya saben,
Enrique es imprevisible a la par
que impresionante, y la conjunción
astralmente flamenca que había
programado Juan Verdú convertía
a la noche como ámplia candidata
a ser un reseñable episodio
en la historia del arte, como finalmente
terminó sucediendo...
Cantaor y guitarrista
salen al ruedo, y a falta de albero
o sol de media tarde, solamente
su aire basta para convencer desde
la andanada hasta la barrera de
que aunque hubo quien dijo que el
flamenco ya no es lo que era, para
la evolución sobran las fronteras.
La cuadrilla de grandes artistas,
formada por el percusionista Bandolero
y las voces de Pepe Luis Carmona,
Antonio Carbonell, y Ángel
Gabarre, acomodó sitio para
la llegada del maestro que hizo
de su arte un capote lidiando con
elegancia y clase un cante que a
compás de bulería
fue llevado hacia las formas de
cante que el granadino quiso, para
eso es Morente. Hubo un instante
en el que el soniquete se situaba
en el siglo XXII con la esencia
situada en el mito de El Planeta,
el protoflamenco con el tempo de
acompañamiento doblado. Por
minutos se paseó entre versos
de Machado, formas de Silverio cabalmente
huérfanas de seguiriya previa
pero con bandolera percusión,
o la seguiriya bulerizada. Y que
grande es Riqueni con una guitarra
en sus manos... "¡ Qué
barbaridad !" exclamaba Balbino
Gutierrez con felicidad.
Paseo por las cantiñas
de la bahía, con el vaporcito
parando en El Puerto para visitar
a los versos de Alberti, marinero
en cielo sin recibimiento por manidos
tirititranes, para el gran poeta
es mejor la orquesta sinfónica
de vocales cuerdas granadinas con
trémolos sonanteros de dirección
trianera. Tras las alegrías
que dieron al respetable con las
ídem, llegó el momento
de la soleá.
No existen palabras
en el diccionario de la Real Academia
para poder explicar como fue el
aire en un instante en el cual tuvo
lugar una impactante interpretación
soleaera al estilo del lebrijano
Juaniqui sumada a cierta esencia
fernandista y añadiendo en
su justa medida condimentos melódicos
y tonales por parte del granadino,
seguida inmediatamente por una tremenda
falseta de Rafael Riqueni con tanta
intensidad artística como
pudiera tener una pisada del de
Paula en medio de la Maestranza.
Aplausos, ovaciones, alguna que
otra exclamación... Pero
quedaba más, mucho más
por descubrir.
Fue en enero de
1928 cuando un gran gitano madrileño
apellidado Montoya y el maestro
Chacón, en tiempos en los
que ambos ya se habían pasado
años dando arte a las tablas
de los cafés cantantes de
Madrid, dejaron grabada la malagueña
"Del convento las campanas"
que a su vez fue recuperada por
Morente en 1977 haciendo su versión
habichuelada en homenaje a la referencia.
Tras las cantiñas realizadas
por Morente&Riqueni, llegó
el momento morentino de la riquenización
de la habichuelización de
la a su vez montoyización
de la malagueña chaconiana,
de arte...
Y el momento culminante,
el máximo, llegó con
la seguiriya. Cómo sería
la entrada que hizo Riqueni para
comenzarla que con solo un par de
rasgueos exclamó un óle
el auditorio entero. Lo elegido
por Enrique en este instante fue
rememorar su participación
en la película "Flamenco"
de Carlos Saura,que si en aquella
ocasión el toque fue bastante
bueno por parte de Cañizares
pero basado pretendidamente en la
austeridad, el guitarrista trianero
de la calle Fabié optó
por estructurar el asunto a través
de juegos de gran carga lírica
en cuanto a su armonía. Dos
gigantes en el escenario creando
una seguiriya que el que aquí
les escribe no olvidará en
el resto de su vida. En primera
fila, alineados y literalmente llorando
se encontraban por este orden de
izquierda a derecha el escritor
Balbino Gutiérrez, yo, la
actriz Teresa Vallejo, José
Manuel Fernández, y Juan
Verdú. La capilla sixtina
del flamenco tampoco olvidará
nunca aquella seguiriya... Al finalizar
este cante, el público en
pie gritaba, aplaudía, ovacionaba
como pocas veces ocurre flamencamente
en un recinto escénico.
Regresaron los artistas
para hacer una ronda de tonás
iniciada por Pepe Luis Carmona,
continuada por Gabarré, posteriormente
Carbonell y finalmente Morente mientras
sus coristas le hacían la
polifonía. Más ovaciones,
más aplausos, y Enrique que
decide acordarse de La Paquera de
Jerez. Bandolero cogió un
raro instrumento llamado batacajón
para tocarle con mucho arte, Riqueni
volvió a dar lustre entre
prima y bordón como él
y muy pocos más saben hacerlo,
y se formó la fiesta por
bulería. Había razones
para celebrar algo, por supuesto,
y se trataba del hecho de que Riqueni
sigue estando entre los grandes
de la guitarra mientras la conceptualización
morentina sigue habitando en su
mundo, tan próximo como inalcanzable.
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