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El principio del espectáculo fue
con una pieza titulada "Taca-taca".
Necesité volver a ver el programa
de mano para asegurarme del nombre de
la coreógrafa, ya que lo que se
podía ver en el escenario era digno
de ser una incursión flamenca de
la gran Pina Bausch. En efecto, era Eva
Yerbabuena la responsable, sabiendo ser
muy personal al mismo tiempo que alumna
aventajada de la maestra alemana. Acababa
de empezar el espectáculo y ya
se podía hablar de gran triunfo.
En este inicio también se pudo
ver inteligencia por parte de la artista
a la hora de seleccionar al cuerpo de
baile, ya que contar con grandes profesionales
de gran valor artístico es para
Eva más importante que la belleza
física, la edad, o la estatura...
La trama argumental de la obra está
articulada por saetas, todas bailadas
por Aida Badía, bailarina bastante
conocida en el mundo de la danza contemporanea.
La artista supo durante sus intervenciones
aprovechar la esmerada iluminación
propuesta para mostrar una fragilidad
volatil de gran belleza plástica
que siempre terminaba siendo literalmente
absorbida por los lienzos de Mariné
al fondo del escenario...
Tras la primera saeta, llegó un
mirabrás con el título "Espumas
del recuerdo". Teniendo en cuenta
que "El huso de la memoria"
es un proyecto introspectivo al mismo
tiempo que retrospectivo, en este caso
Eva Yerbabuena pareció revivir
momentos felices de su pasado o presagiar
bonitos futuros. Allí estaba ella,
por fin en escena, convirtiendose en luz
con su elegante traje anaranjado, su mantón
del mismo color, y la sutileza de su movimiento.
Grandes fueron los aplausos del público...
Los bailaores interpretaron una farruca
bien planteada antes de que saliera Aida
Badía a bailar otra saeta. "Cobriza"
es el título de la rondeña
que bailaron a continuación las
chicas de la compañía, mereciéndose
la primera felicitación Esther
Vaquero al diseñar para esta coreografía
unos trajes inusuales al mismo tiempo
que elegantes, futuristas a la vez que
llenos de flamencura, y con tal tratamiento
en sus colores que ofrecían distintas
perspectivas cromáticas dependiendo
de la temperatura de la luz. Las bailaoras
supieron estar a la altura de las circunstancias
creadas para su lucimiento. El acompañamiento
musical, dirigido por la guitarra de Paco
Jarana, tan perfecto como durante todo
el espectáculo.
El conocido coreógrafo alemán
Patrik de Bana salió a escena para
bailar una nana titulada "Alba del
hijo" junto a Eva Yerbabuena. Patrik
supo dar un toquecito flamenco a su carácter
entre lo contemporaneo y lo clásico
mientras la granadina añadió
unos retales contemporaneos a su flamenco
creando entre ambos una equilibrada pareja
de baile. El título de la coreografía
resultó plenamente acertado, teniendo
en cuenta que la sensación creada
reflejaba cierto instinto maternal, y
más allá de eso, el amanecer
de cualquier idea. Todo lo que nace, lo
que comienza, tiene asociado un sentimiento
que se encontraba perfectamente reflejado
sobre el escenario.
A continuación llegó un
juego de percusión por parte del
cuerpo de baile titulado "A galera",
con gran originalidad, que fue enlazado
con gran naturalidad hacia el momento
más esperado de la noche, la soleá.
Y allí estaba ella, con su traje
negro y la mirada en un puente que quizás
se sitúa entre Sevilla y Triana.
¿Qué contar sobre las soleares
que baila Eva que no se haya dicho todavía?.
Arte, arte, y más arte aún.
El público jaleando, llorando,
exclamando, los oles por todos los rincones,
y la artista rozando el cielo... Fue un
gran detalle la letra en homenaje a Fernanda,
contando como se ha llevado en su reciente
partida la llave del cante por soleá.
Para terminar, solo faltaba el toque conceptual
del último instante saetero para
dar por acabada la primera representación
pública de un espectáculo
al que se le pueden augurar grandes éxitos,
por su alto nivel de profesionalidad,
arte, entrega, en fin... Que suerte tiene
el flamenco de tener a Eva Yerbabuena.
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