Javier Ruibal, el portuense de siempre

Como bien suele decir Javier Colina, gran contrabajista, los mejores regalos que existen son las canciones, las buenas canciones. Aquellas por las que no pasan los años, grandes momentos concentrados en escasos minutos, que suelen brillar con independencia de sus arreglos, sean acompañadas por toda una orquesta sinfónica o tan solo una guitarra. Un creador de ese tipo de canciones, en esta ocasión acompañado por su propia guitarra, volvió a convencer una vez más el pasado sábado 14 de enero en el Centro Federico García Lorca de Rivas Vaciamadrid (Madrid).

Cierto es que no hay que equivocar a la poesía con las letras de las canciones, son mundos muy diferentes, conceptos distintos para propósitos tan divergentes como paralelos para sus similares destinos, aunque cierto es que la música es poesía y la poesía es música. Pero son expresiones artísticas diferentes. Entonces, ¿dónde reside el límite entre letrista y poeta?. ¿Alguien puede ser letrista y poeta en una misma colección de versos? Son muchos los creadores de buena poesía, así como los autores de excelentes letras. Lo prácticamente imposible de encontrar es aquella colección de versos que reúna todas las características a la vez, el carácter de las letras de las canciones y la personalidad de la poesía. En este país, por suerte, hay un exponente claro. No va de líder de nada, pero sí es maestro para todos. Javier Ruibal, portuense, artista.

El segundo tema de la noche, todo un clásico ruibalero, Agualuna. Analicen, a ser posible por bulerías. Desarrolla una historia, como las letras de las canciones, con sus técnicas literarias habituales, presentación, desarrollo y desenlace, su estructura de estrofas, puente, y estribillo. En efecto, es la letra de una canción al servicio de una melodía principal. Pero si la leen bien, verán que no es la típica letra de una canción. ¿Qué sucede? Es poesía, tiene un valor literario real, no es un juntar versos o establecer ligeramente un concepto en el desarrollo de una canción. Los versos de Ruibal transitan magistralmente por ambos terrenos a la vez, son canciones y poesía. ¿Parece sencillo el concepto? Hagamos una prueba: piensen, en menos de un minuto, el nombre de diez autores actuales que sean capaces de hacer eso en su repertorio habitual. ¡A que es difícil!

Pues además de todo eso, que ya es bastante, Ruibal añade ser un intérprete estupendo, canta bien y domina el escenario. Tanto, que se puede permitir realizar conciertos de este tipo, toda la escena para su persona. Bueno, vale, en el plan que estoy contando las cosas, reconozco que alguno se estará preguntando algo interesante. ¿Si es tan sublime y original autor, además un intérprete estupendo, por qué no es un superventas que llene campos de fútbol con sus conciertos? No hay que equivocar conceptos ni situaciones. Una trayectoria como la de Ruibal es objeto de deseo para cualquier artista nacional, incluidos los que venden muchas más entradas que él. Ruibal ahí está, desde hace tres décadas. Nunca ha sido un pelotazo, tampoco un fracaso en ventas. No es más feliz quien más tiene, sino el que mejor se apaña. Décadas de libertad, haciendo lo que se quiere, con respeto, toneladas de coherencia, llenando igual salas de mediano formato durante muchos años, sin ser la gran revelación ni una moda pasada. Mientras, van llegando y pasando las modas, al mismo tiempo que Ruibal sigue con su constante público fiel. Como dije antes, las grandes canciones son aquellas por las que no pasan los años, que son constantes. Con los grandes artistas sucede lo mismo. Si la gloria de Manhattan comienza a partir del quinto piso, es mejor vivir siempre en ese quinto, que estar en el primero, pasar cinco años en la planta veinte, y bajar después al sótano, cuestión que es la más habitual en las trayectorias artísticas de este país. No se trata de hacer la tienda más grande, ni de tener la más pequeña. Se trata de hacer las cosas bien y por mucho tiempo, de forma respetable, y ser feliz. Premio a la regularidad.

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En esta noche de Rivas, teniendo un público que afinaba estupendamente para hacer los coros de los temas que van por tanguillo, el asunto se ponía bastante flamenco. Baila Lucía, canción de reciente creación para una joven bailaora. Carta abierta de la experiencia, lo bueno y lo malo de elegir ser artista. Es una necesidad vital, un compromiso con luces y sombras. Los contrastes, las luces iluminan más de lo habitual que en otras posibles vidas, pero las sombras pueden ser más oscuras. Estrofas que permiten diferentes lecturas sobre el mundo real. Ella decidió ser bailaora de flamenco. Su padre, el maestro, le da carta blanca para el futuro, pero con la insalvable condición de leerse primero la carta de la vida del artista. Baila Lucía, un tema que no resultará indiferente a nadie que se dedique a cualquier ámbito de la creación, sobre todo en el mundillo flamenco. Ese tipo de cosas que a muchos nos hubiera gustado que nos contaran con antelación. Pero es un camino bonito, sin duda. Solamente hay que andarle con cariño y cuidado, compensa. Toda seguiriya siempre termina encontrando una soleá para el alivio.

Granadinos fueron momentos importantes de la noche. No podían faltar los míticos versos lorquianos de Por tu Amor me Duele el Aire. Ni el recuerdo al maestro Enrique, Morente de Granada. Para él, para Moraíto, para Enrique de Melchor, tantos grandes flamencos que nos han dejado últimamente, fueron los versos de La Rosa Azul de Alejandría.

El resto, como siempre. Todos esos grandes temas de propia autoría que permiten a Javier Ruibal realizar un concierto sin altibajos. Donde no sobra nada, como mucho se puede echar en falta algún tema, ¡pero es obvio que un concierto no puede durar cuatro horas!. Aún así, en la recta final se aceptan sugerencias, terminando en esta ocasión con Isla Mujeres. Aunque por mucho que dure el espectáculo, el público siempre se queda con ganas de más, es lo que tiene Ruibal.

Texto: Jacinto González
Fotos: Paco García "Pacolega"


 

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