La Fiesta de Israel Galván que refleja conceptos flamencos

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La Fiesta de Israel Galván que refleja conceptos flamencos

Estrenado en el Festpielhaus de Sankt Pölten (Austria) y desarrollado posteriormente en el francés Festival d'Avignon durante la segunda quincena de julio, La Fiesta es el nuevo proyecto del coreógrafo y bailaor flamenco sevillano Israel Galván.

¿Qué sucedería si se situara un ser humano adulto por primera vez en su vida frente a un espejo? Seguramente la reacción sería la misma que hemos visto muchas veces en gatos y perros: miedo ante lo desconocido, aunque lo desconocido sea el propio ser viéndose reflejado. Muchos animales, al verse reflejados en un espejo por primera vez, sienten una irrefrenable necesidad de atacar al ente extraño que ven frente a ellos. Atacar a lo que se ve en el espejo es atacar al reflejo de uno mismo, porque quizás uno mismo sea un desconocido mirado desde una perspectiva externa. Esa misma es la reacción que ha tenido gran parte de la "industria" flamenca española al ver un pequeño extracto de La Fiesta, dos minutos extraídos de la emisión del espectáculo por parte del francés canal Arte desde el Festival d'Avignon. Lo cual ni siquiera es ver el espectáculo entero, es simplemente ser testigo de un pequeño fragmento, que aunque muy representativo del concepto de La Fiesta, ni siquiera se ve totalmente integrado en el contexto del espectáculo completo.

La Fiesta es un título perfecto para los asuntos planteados en este proyecto, título más redondo que si se hubiera denominado El Espejo, opción que también hubiera encajado perfectamente, porque durante la hora y media aproximada en que suceden cosas, todo son reflejos de la realidad flamenca. No hay un claro argumento definido linealmente, pero sí hay una gran carga argumental redundante. En escena una serie de personajes que vive cada cual el bucle de sus circunstancias. Personajes en los que resultan inevitables ciertos automatismos, porque alguien que baila, toca o canta una seguiriya en un escenario, aún en el caso de estar bailándola muy bonita e impresionar al público, en ocasiones el intérprete mientras canta, toca o baila está realmente pensando en que hay que pagar el Modelo 303 a hacienda, o está todavía con el susto que le ha dado el recibo de la electricidad recién llegado por e-mail a su smartphone. O en ese momento quizás le gustaría estar en su casa cuidando a un hijo que tiene un resfriado, en vez de comunicarse con él por Whatsapp en las horas que está trabajando. Porque los seres humanos artistas son antes seres humanos que artistas. Y las cosas de ser un ser humano se transfieren a la interpretación artística cuando ésta se realiza con libertad.

Un asunto muy a tener en cuenta es que, aunque sea lógico que así sea, la mayor parte de la historia del flamenco no está escrita por seres humanos que cantan, tocan y bailan cosas. Pero sucede que del mismo modo que el artista flamenco normalmente hace depender el pan de su casa desde su oficio artístico, normalmente ha sido tradición que el cronista vea los toros desde la barrera, siendo el flamenco para él una especie de doble vida paralela para los ratos libres. Claro, sucede que en la barrera por mucho que se tenga visto el ruedo, es muy diferente la perspectiva a tener que torear a la vida en el albero, dentro del ruedo. Es decir, a pesar de haber existido durante décadas tantos líderes de posible opinión flamenca ¿Cuántos de ellos han ejercido como amateur aún ganando algunos eurillos esporádicos, y cuántos han desarrollado una trayectoria pagando las cosas de Hacienda y el supermercado de contar el flamenco?

Es una cuestión relevante, ya que desde el albero del ruedo se viven y se ven ciertos detalles esenciales en primera persona, imperceptibles desde la barrera, por buena visión que se tenga del ruedo desde esa primera fila. Eso llevó a que los cronistas flamencos, en su mayoría, al no tener un oficio profesional flamenco, han tenido un bonito entretenimiento sin riesgos para satisfacer el ego. No nos vamos a engañar, que el ser humano tenga un ego es tan inevitable como incluso necesario. El reto al que nunca se acostumbraron, precisamente por tener un hobby pero no una profesión, está en saber medir y controlar ese ego. Si la dedicación al flamenco se reduce a ratos libres por satisfacer el ego, se corre el peligro de intentar construir arquetipos dogmáticos, pretender crear razones de fe sobre las que ni siquiera se admiten preguntas, porque si las preguntas fueran admitidas, en el mundo real muchos asuntos caerían por su propio peso.

Entonces, surgen una serie de convencionalismos que, aunque sea difícil sostenerlos sin argumentación sólida a lo largo de décadas, el artista en muchas ocasiones opta por someterse a esos convencionalismos, por temor, por miedo a perder el pan, sin caer en la cuenta de que estando en el ruedo se ve sometido por gente que está en la barrera. Que los de la barrera tienen derecho a tener su propia perspectiva, claro está, pero eso es muy diferente al respeto profesional que habría que tener para quien en realidad torea al toro. En resumen, si a usted se le rompe a una pierna ¿Se fiaría del traumatólogo del hospital? ¿O quizás de un cuñao fontanero que le dice saber mucho de eso, porque ha visto muchas series de televisión sobre hospitales?

El artista teniendo que decidir si da coba al señorito, si hace la pelota al cronista, si reverencia al político, si intenta caer simpático a todo y a todos. Cuando es imposible vivir tranquilo con todos esos asuntos encima, porque llega un momento en el que al artista le cuesta más trabajo interpretar a un personaje durante su vida, que lo que es el trabajo de directamente tocar, cantar o bailar cosas. Resumido: Seres humanos artistas que tienen un trabajo profesional, durante mucho tiempo han vivido fingiendo cumplir ante cronistas amateurs una serie de cánones casi por obligación. Pero ¿Quién será más fácil que sepa más sobre lo que es una seguiriya, el que torea cada día dentro del ruedo de la vida a compás de seguiriya, o el que ve el flamenco desde la barrera?

Es muy fácil para el cronista flamenco montarse movidas dogmáticas, e intentar imponer mundos de postureo, incluso probar a montarse pequeñas mafias, si resulta ser de lunes a viernes un abogado, maestro de escuela, albañil, periodista de asuntos políticos o peluquero. Pero resulta que el que canta, toca y baila en tablaos y teatros suele vivir de su profesión flamenca. Quienes más suelen saber de un ámbito cualquiera son los profesionales de ese ámbito. Lo cual es muy diferente a que todo el mundo tiene derecho a tener sus opiniones y perspectivas, la libertad ante todo, por supuesto. Pero también es cierto que es frecuente ver a seres humanos en la barrera situando su criterio flamenco por encima del de gente que vive plenamente en medio del ruedo flamenco. Extrapolando al tenis, para entender mejor el asunto: Una cosa es la libertad, el criterio personal, para considerar y opinar que Rafa Nadal ha podido fallar en algo, esa libertad es necesaria, pero en paralelo a esa libertad de criterio propio casi nunca vemos a los cronistas deportivos considerándose como autoridades del tenis por encima de Rafa Nadal. Ni por debajo. Cuando vemos una emisión de un partido de tenis en Eurosport o Teledeporte, es habitual que tanto los tenistas como los cronistas convivan por igual en el mismo ruedo, cada uno realizando su cometido, enfrentándose al mismo toro en un terreno profesional.

En ciertos momentos, La Fiesta también parece llevar hacia cómo son realmente los artistas flamencos cuando "nadie" les ve, cuando ya no hay postureo ante público, managers, promotores, programadores, directivos de peñas flamencas, prensa y demás. Cuando sucede aquello a lo que un famoso cantaor denomina literalmente como quitarse la sonrisa del Telediario. La fiesta de después de la fiesta. Hay gente que lleva veinte años sin saber que un sublime guitarrista al que consideran como ajustado a los cánones nosequé, cuando se desata resulta ser un cantante de blues ¿Hay algo más auténtico que lo que se hace cuando simplemente te limitas a hacer lo que te apetece? Centenares de veces me han sucedido escenas como la de una madrugada paseando por Campanario, después de un festival flamenco. Un cantaor había hecho su trabajo, ya estaba cobrado, había dado ya la imagen que quería dar, dijo que se iba al hostal a dormir porque quería irse pronto la mañana siguiente, etc... Dos horas después de fingir irse al hostal, el cantaor andaba dando vueltas por las afueras del pueblo buscando la discoteca. El mundo real, cosas. Pero aquí parece que se asustan hasta los que fingen cosas, y en muchos casos no es porque realmente les desagrade lo que ven hacer a Israel, es que ven cómo se interpreta en un escenario su propia coba, y eso impacta. Uno de los que más pesados se está poniendo, un cantaor con imagen de guardián de las esencias y tal, una noche me cantó cinco temas del primer disco de Papá Levante. Hay también mucho postureo fingiendo rasgarse las vestiduras al ver las cosas de La Fiesta.

En El Ángel Exterminador, aquella gran película de Luis Buñuel, sucedían cosas: los trabajadores profesionales de la fiesta, es decir, los cocineros, camareros y sirvientes varios, se daban cuenta de lo que sucedía en aquella fiesta, y por eso eran capaces de huir de la mansión, quienes trabajan en montar la fiesta saben de que va la fiesta y cómo transcurre, mucho mejor que quienes la disfrutan. Los burgueses invitados a la fiesta se metieron en un bucle compartido, llegando el momento de no poder salir desde dentro de la mansión hacia el mundo real exterior, ni tan siquiera quienes fueran conscientes de los sucesos.

Israel Galván es un ser humano que, desde niño, ha visto todos los mundos posibles del flamenco, y ya en aquel entonces todo esto no era un hobby para él, no era una diversión en ratos libres, es su vida y el pan de su casa desde que era menor de edad. Él vive en el centro del ruedo durante siete días a la semana, doce meses al año. Año tras año. Aún sin ser todavía un señor mayor, Israel Galván lleva décadas viviendo con el toro en mitad del ruedo de la circunstancia flamenca. Es un detalle a tener en cuenta en el momento de ver cualquier escena planteada por Israel Galván. No era uno al que le interesó el flamenco porque sus amigos y familiares hacían una fiestecita el sábado por la noche, Israel se ha criado siendo quien tenía que esperar a que la fiesta terminara y el padre cobrase para poder irse a dormir a casa. Una vez, y otra vez, y otra vez... La Fiesta... Yo no he hablado con él ni una palabra sobre el asunto, pero conozco algo al toro flamenco y también estoy en el ruedo, soy de pagar el Modelo 303 del IVA trimestral plenamente de mi trabajo flamenco, no durante décadas, pero sí en el ruedo flamenco todos los días de mi vida durante los últimos quince años. Desde el ruedo se perciben cosas que desde la barrera ni se imaginan, aunque muchos crean conocer perfectamente la escena por pasarse cincuenta años asomándose desde la barrera en sus ratos libres. Y sin haber hablado con él ni una sola palabra al respecto, intuyo que la fiesta hace referencia a todos los arquetipos y comportamientos varios que los artistas flamencos en muchas ocasiones sitúan sobre sí mismos, para intentar mostrar sobre ellos la imagen que crean que quizás más les conviene. "Estoy ya cansao del compromiso de la fiesta" cantaba Diego Carrasco en un disco. Es muy fácil y divertido jugar a ser repartidor de carnets de ser flamencas las personas y las circunstancias cuando se hace como simple entretenimiento, dedicar un rato libre a jugar a eso como alternativa a ver una película en la tele o dormir una siesta. Que la opinión del amateur debe existir y ser respetable, por supuesto, pero otra cosa diferente es situarse en una perspectiva de sabiduría superior al respecto de la escena si como hobby estás en la barrera, porque por mucho que creas tener vista la escena, dentro del ruedo todo es diferente.

Los cronistas del tenis en España suelen ser profesionales, y no se ponen a debatir si Rafa Nadal es o no es tenista, si lo que hace es o no es tenis. El público del tenis, por lo general, suele decir libremente, y así debe ser, si Rafa Nadal se ha equivocado o ha acertado en una tarde concreta, pero ese público del tenis, por lo general, sabe diferenciar lo que es su propia e incluso necesaria opinión respecto a lo que es intentar sentirse una entidad superior a Rafa Nadal en el ámbito del tenis. La gente no se pone a jugar a quitar o conceder el carnet de tenista a Rafa Nadal. El cronista profesional pagado por Eurosport o Teledeporte no se dedica a intentar sentirse alguien superior a Rafa Nadal, por el simple hecho de que no lo necesita, ni dice cosas a un micrófono para alimentar su propio ego. El toreo de salón es incluso necesario, pero sin olvidar nunca que mover un capote imaginario en un bar es una cosa, y estar en medio del ruedo con un capote de verdad y un toro corriendo hacia ti es otro asunto.

Incluso hay quienes dentro del mismo ruedo flamenco se asustan mucho. En la mayoría de los casos sucede por una combinación tremenda: ven en un escenario a artistas que se expresan libremente sin ataduras, y además con público. Eso hace que surjan sentimientos de envidia: por ser libre y además vender entradas. Existen seres humanos artistas flamencos que viven más atados a arquetipos de lo que en realidad quisieran, pero sacrificándose convencidos de que es el camino para tener delante de un escenario a miles de personas que compren entradas. Que a su vez vender entradas no es lo mismo que lo típico de rellenar un teatro con cuatrocientas personas invitadas que hagan bulto. Entonces, de repente están viendo a otros artistas que, estando de vuelta, se permiten el lujo flamenco de hacer con libertad lo que les de la gana, y además venden entradas. Y eso duele, nadie lo reconocerá, pero a muchos les duele bastante.

La fiesta también puede tener otras lecturas posibles, como la distorsión que el mundo político realiza cada vez que interviene en el flamenco sin finalidad cultural real, solamente electoralista, dar más importancia a aparentar que se hacen cosas respecto a realmente hacerlas, la fiesta del dinero público. Esta posible lectura daría también para muchos párrafos, así que para no resultar demasiado denso, me voy directamente a la gran pregunta: ¿Qué es más "auténtico", fingir una supuesta autenticidad, o hacer lo que realmente te apetece y necesitas mostrar? Los hay que se asustan cuando ven a alguien hacer lo que en realidad quiere y le apetece mostrar, y en ocasiones sucede porque viendo ciertas escenas se es testigo de lo que se quisiera hacer, pero el miedo no te lo permite... Y quizás lo que se ve representado puede ser uno mismo con sus miedos. Y ya sabemos que cualquier ser que se vea reflejado por primera vez en un espejo, lo más probable es que reaccione mostrando rechazo a lo que ve... Viéndose a sí mismo.

P.D.: Les recomiendo escuchar La Fiesta alguna vez con los ojos tapados. También les recomiendo ver La Fiesta alguna vez sin escuchar los sonidos. Descubrirán detalles interesantes.

Por Jaci González

Foto: imagen promocional de La Fiesta de Israel Galván.
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